LA UNAM Y EL PRESIDENTE VENGADOR
Por Gerardo Reyes Gómez


Nunca un burro blanco pateó tanto a un puma. Ernesto Zedillo, el primer presidente egresado del IPN, acrisoló las fobias de la competencia deportiva, de las diferencias históricas, producto de los injustos rezagos sociales, de los agravios juveniles y del inequitativo reparto de las oportunidades políticas para los egresados del Instituto Politécnico Nacional. Zedillo, de presidente dolido, se convirtió en presidente vengador.
Personalmente no defiendo la hipótesis anteriormente descrita, pero ésta circula con profusión entre algunos círculos de universitarios que buscan alguna razón que explique la intervención directa del Ejecutivo, para crear y continuar manteniendo la "huelga" universitaria más estúpida del presente siglo. Sin embargo, algunos hechos parecen corroborar la improbable hipótesis.
En primer lugar, Zedillo no diseñó el sistema, pero cuando llegó a Los Pinos se percató que, en los hechos, el nombramiento del rector de la UNAM pasaba por el escritorio del presidente y éste palomeaba el nombre de algún candidato de sus preferencias; así seleccionó a Francisco Barnés de Castro, quien, de entre sus amigos, no era un brillante líder científico ni intelectual, pero contaba con los requisitos mínimos institucionales que le permitirían impulsarlo desde la Presidencia y, como es natural, el rector contrajo una deuda ineludible.
En segundo lugar, la campaña de comunicación social para legitimar ante la opinión pública las "razones" de Barnés para transformar a la UNAM, fue diseñada y pagada por el poder central. La Universidad no contaba con recursos para llevar a cabo una costosísima escalada en los medios de comunicación electrónicos. Medios en los que son de sobra conocidas las exorbitantes tarifas para promoción política.
En tercer lugar, son del dominio público las formas de intervención del Ejecutivo para controlar los procesos político-sociales en los cuales poseen algún interés en arbitrar. La Secretaría de Gobernación nunca ha estado al margen de cualquier movimiento que ponga en peligro la seguridad de las instituciones nacionales, sea para promover movimientos, atemperar las virulencias sociales y controlar las tendencias políticas. En esta ocasión la participación de los servicios de inteligencia ha sido subterránea y de penetración de liderazgos para guiar el movimiento a derroteros prefijados por el Ejecutivo.
En cuarto lugar, las autoridades del ramo, como el secretario de Educación Pública, no ha pasado de hacer algunos muy tibios pronunciamientos, porque sabe que el control del movimiento se ejerce desde Los Pinos.
Una huelga de la UNAM, que ya ha durado cuatro meses, que en ocasiones ha concitado a la violencia y, además, presupone un costo diario de alrededor de 54 millones de pesos para el erario de la nación, no parece hacerle ni cosquillas al presidente. A menos, claro está, de que en su fuero interno el jefe del Ejecutivo se la pase como un enfermo mental, riéndose a carcajadas de su bien urdida venganza. Sin embargo, me resisto a creer la malhadada hipótesis porque, a veces, las apariencias engañan.