UNA VOZ DE ALTURA

ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

  

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SEPULTUREROS DE LA DEMOCRACIA

Ahora que todos debemos sentirnos como espiados, las elecciones recientes nos han dado prueba de la perversa imaginación de los políticos mexicanos, una virtud que no celebramos porque no la han empleado para erradicar la corrupción o para responder a los problemas más urgentes del país. Por lo contrario, la usaron solamente para encontrar nuevas formas de defraudación del voto. Una reacción esperada ante los resultados electorales del estado de México, por ejemplo, era el factor sorpresa que no apareció por ningún lado a pesar de que los perpetradores del fraude no tenían mucho interés en ocultarse y les daba igual que sus trampas fueran notorias quizá para subrayar que son impunes porque siguen siendo poderosos.  

La elección fraudulenta también provocó frustración, con Eruviel Ávila Villegas al frente del gobierno mexiquense y su asociación con Enrique Peña Nieto, un presidente de la Republica cuya popularidad se desvanece día con día, la serie de escándalos de corrupción y violencia que han estallado en esa entidad sugerían que el voto en el estado sería tanto como un castigo para el señor de Atlacomulco y su partido político o como un indicador del ánimo decaído de la opinión pública para 2018.   

El si hubiera y el habría nunca llegaron, es decir: Si Morena y el PRD hubieran formado un frente de oposición, habrían conquistado la gubernatura con más de la mitad del voto. Un triunfo de esta coalición, habría sido una inyección de vitalidad a una democracia famélica que está a un paso del coma vegetativo, y habría tenido un impacto muy positivo sobre nuestras primarias actitudes hacia la necesaria institucionalidad que los defraudadores no reconocen y destruyen conscientemente. 

Nos admira la indiferencia con la que bandas de políticos, en lugar de dedicarse a legislar, cuando de legisladores se trata, o a elaborar programas de gobierno específicos que sean viables para los electores, hacen todo lo contrario, actúan como vulgares sicarios, primero descuartizan, después decapitan y al último, con sus puercas acciones agravan la frágil credibilidad de nuestra breve y contrastada experiencia democrática. Es admirable también, la creatividad que éstos barbajanes han desplegado para mantener sus viejos hábitos dentro de nuevas instituciones y la aplicación de nuevas tecnologías.

Estos sicarios, con careta de políticos, matan el tiempo imaginando trampas y estafas para impedir el triunfo del adversario y consecuentemente, quitarle el marcapaso a esa moribunda democracia. Sería deseable que la misma energía y disciplina la pusieran en el análisis de las decisiones del gobierno o en el examen de las iniciativas presidenciales. Pero para que extrañarnos, si nuestra historia electoral muestra que periódicamente surgen nuevas formas de defraudación del voto.

En los años 40, la violencia destruía casillas electorales, quemaba boletas, golpeaba a los funcionarios, secuestraba a candidatos y representantes de partidos. Después en 1946, el fraude electoral se concentró en la manipulación de las listas de electores. Aparecían registros pletóricos de ciudadanos y votaban hasta los difuntos. En 1988, se le cayó el sistema a Manuel Bartlett para dar el triunfo a Carlos Salinas de Gortari, sobre Cuauhtémoc Cárdenas, luego llegaron otros pillos, Cedillo, los pitufos de azul y blanco, Fox y Calderón y, finalmente por la ruta de las trampas llegó Peña Nieto.

El fraude más reciente, sobre todo en el estado de México, ya no es el del ratón loco y tampoco el del dedito lapicero, mañas que en el pasado eran las más socorridas por los representantes del PRI para alterar los resultados de la votación. Ahora, el incierto desenlace de una competencia electoral, se resuelve a base de deditos (no de López Obrador) sino de capturistas entrenados que intervinieron maliciosamente en el proceso para inclinar la balanza en favor de un determinado candidato mediante miles de errores de dedo. Si en esta ocasión, los capturistas fueron a su vez capturados, habría que pensar muy seriamente en todo el aparato electoral, que no está diseñado a prueba de los deditos de los capturistas, ni de la decisión de algunos políticos malogrados resueltos a destruir nuestros votos y a las instituciones que debían resguardarlos.

Al final de esta burla electoral, todo hace suponer que para el 2018, la clave del fraude exitoso seguirán siendo los deditos en el tablero, las mañas en las urnas y la parcialidad de las instituciones electorales que se niegan sistemáticamente a intervenir para detener a los sepultureros de la democracia.

 

 Por ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

26 de JUNIO de 2017

 

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