UNA VOZ DE ALTURA

ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

  

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HECHO EN ESTADOS UNIDOS

La masacre perpetrada por un supremacista blanco en una escuela secundaria de Parkland, Florida (17 muertos y 14 heridos), está muy lejos de ser el evento más mortífero de ese tipo de cuantos han tenido lugar en Estados Unidos en los últimos 12 meses, pero tal vez si resulta el que más esclarece las posturas oficiales de la Casa Blanca en torno al desbocado armamentismo ciudadano y sus vínculos con la intoxicación ideológica racista, xenofóbica y supremacista que crece a ojos vistas entre individuos y sectores sociales del país de las barras y las estrellas. 

El impredecible presidente Donald Trump no ha querido y ni siquiera está en su agenda, referirse a la gravísima proliferación de armas de guerra en manos de civiles, al escándalo que representa la facilidad con la que esos instrumentos de muerte llegan a manos de homicidas como los perpetradores de tiroteos tan fatales como gratuitos en sitios públicos y a sus crecientes motivaciones racistas. O sea, el país con la mayor violencia por armas de fuego en el mundo desarrollado continuará haciendo nada para prevenir el próximo tiroteo en una escuela, o en un centro comercial, en un cine, en un estacionamiento u otros lugares públicos.

Para éste presidente republicano, todo se debió a un problema de perturbación mental y a un descuido en la seguridad de la escuela y de las propias víctimas, las cuales, según él, no fueron suficientemente insistentes en sus denuncias a la policía sobre el peligro que representaba el joven Nikolas Cruz, autor de la masacre escolar y quien había advertido en redes sociales que buscaba convertirse en un tirador profesional en contra de escuelas. En la administración anterior, después de cada tiroteo Barack Obama al menos intentaba conmover al Capitolio para que adoptara y permitiera normas mínimas en este sentido, y nunca lo consiguió.

El magnate republicano, por su parte, declaró al llegar a la presidencia que la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés, la principal cabildera en favor del mantenimiento del libertinaje armamentista) podía considerarlo un amigo en la Casa Blanca y advirtió que no interferiría en el derecho del pueblo de tener y portar armas. En su criterio, la solución al drama de estos actos de violencia extrema reside en poner atención a la salud mental, asumiendo que el joven Nikolas Cruz es un desequilibrado.

Y tal vez lo sea, pero su desequilibrio, en caso de existir, se nutre de la misma ideología racista y xenofóbica de la que hace gala el propio Trump en sus discursos una y otra vez, y de la que no ha podido o querido deslindarse con claridad, como pudo verse en agosto de 2017, cuando grupos de fascistas que portaban suásticas nazis y símbolos del Ku Klux Klan atacaron en Charlottesville, Virginia, a una marcha pacífica, con un saldo de una manifestante y dos policías muertos, o cuando en la ciudad de las vegas, el 1 de octubre de 2017, Stephen Paddock, un estadounidense de 64 años de profesión contador, disparó contra la multitud dejando un saldo de 59 víctimas y 527 heridos.

Con su indiferente postura, el mandatario estadounidense selló el destino de las víctimas de los tiroteos que han tenido lugar en el curso de su administración y envió una señal de aliento a la industria armamentista, a los comerciantes de pistolas y fusiles de alto calibre y finalmente también, a los homicidas. La miseria ética, ideológica y espiritual, constituyen una base que el huésped de la Casa Blanca no está dispuesto a sacrificar, el armamentismo, el racismo, la insensatez, el odio, la soberbia y la total carencia de empatía, son factores hechos en Estados Unidos, que seguirán cobrando vidas inocentes.

 

 Por ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

19 de FEBRERO de 2018

 

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