UNA VOZ DE ALTURA

ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

  

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PACIFICACIÓN Y CEGUERA.

En un escenario utópico que prevé la construcción de una cultura de la paz cuyo eje sea la prevención, Andrés Manuel López Obrador y su equipo vienen configurando el proyecto de pacificación en el país, que sin duda, contiene algunos elementos que vale la pena considerar. En primer lugar habrá que recordar que ante la ceguera de muchos, los imprecisos términos con que se barajó la posibilidad de una amnistía, dieron lugar a agudas críticas y a la descabellada idea de que ésta consistiría en liberar sin más trámite a toda clase de delincuentes, incluidos aquellos condenados por plagiarios, traficantes o sicarios, perspectiva que de manera comprensible no era bien vista por nadie y menos por los más enconados adversarios del Mesías tabasqueño. Este rumor mal infundado, inquietó a muchos ciudadanos preocupados por la actividad del crimen organizado y los macabros episodios de violencia que laceran el tejido social del país.

En segundo lugar, resulta alentador que sin minimizar la gravedad que reviste la falta de seguridad en el país, la aclaración explícita de que una eventual ley de amnistía de ningún modo implicaría el perdón para secuestradores, narcotraficantes, torturadores y en general autores de delitos de lesa humanidad, refuta esas interpretaciones disparatadas y plantea la elaboración de una ley en la materia que sea producto de una amplia consulta social que implica explorar profundamente las ideas y propuestas orientadas a recuperar la serenidad y la paz, incluida la amnistía y el eventual indulto o recursos de leyes especiales y de justicia transicional. El plan de pacificación, requiere tiempo, no plantea cambiar de un día para otro las medidas vigentes sobre este tema, aun cuando no sean efectivas.

Por ejemplo: Los efectivos militares asignados por la soberbia de Felipe Calderón y Peña Nieto para combatir el narco crimen, volverán a cumplir de manera progresiva su cometido institucional, el relevo lo tomarán las corporaciones policíacas tan despreciadas y depreciadas, donde se dice que no habrá crimen uniformado y que ahora sí, recibirán de una buena vez la capacitación y el orden de mando del comandante supremo, orden que al paso de los años parece haberse esfumado y ser menos efectiva. Sin duda, la tarea no será fácil, la transformación debe empezar por el establecimiento de un estricto código de probidad y austeridad republicanas para el funcionamiento del gobierno federal y por la adopción de formas de democracia participativa capaz de redistribuir la toma de decisiones. Implica vencer rezagos, inercias y hábitos sociales peligrosamente arraigados, afectar intereses de quienes mueven los hilos del crimen, y ofrecer estímulos capaces de sustituir los beneficios que el delito deja a sus ejecutantes.

El cambio se expresará en este intento de pacificación construido conjuntamente por las autoridades y los sectores sociales más afectados por la espiral de violencia, con ayuda de instancias humanitarias internacionales. Bruscamente pasará dando el giro a una política económica que reactive el mercado interno y a otra social que atenúe lo más crudo de la desigualdad, la miseria y el desempleo, transitará después por la recuperación de la soberanía alimentaria y energética, para alcanzar la soberanía total.

En tercer lugar, ante la ceguera y el albur político y estratégico donde estamos inmersos, esta puede ser de las últimas oportunidades que queden para que la República transite por la senda de la tranquilidad, la dignidad y la concordia. Una vez aprobado el plan de pacificación, en México debemos abandonar de una vez por todas, la errónea teoría de que la violencia sólo se puede combatir con más violencia, generalmente la política del ojo por ojo sólo concluye cuando todos nos quedemos ciegos y entonces, el tuerto será el único rey.

                                                                             Por ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

16 de Julio de 2018

 

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