UNA VOZ DE ALTURA

ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

  

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EL JUICIO

Después de tres meses en juicio, con tufo a telenovela policiaca o a serie empolvada o de temporada en Internet, el pasado martes 12 de febrero, con 56 testigos, fotografías, grabaciones y mensajes de texto interceptados, al jurado no le quedó ni una duda razonable: Guzmán Loera es un criminal, no sabemos si a estas alturas exista alguien que dudara de eso, pero la noticia es qué a sus 61 años, el narcotraficante más famoso del último cuarto de siglo morirá en prisión. Así lo confirma la condena a cadena perpetua que se prefiguró en un jurado de Nueva York como sentencia firme de culpabilidad en su contra.

El veredicto de pena de muerte en contra del capo mexicano es una buena noticia porque se hace justicia y se repara en cierta medida a las víctimas del Chapo. Es uno de los logros más visibles para las autoridades estadounidenses en la lucha contra el narcotráfico desde que esta empezó en los años setenta; es una victoria legal frente al dirigente de un cártel que sobrevivió y prosperó durante décadas gracias a sus habilidades empresariales, actos de violencia brutal y sobornos a funcionarios mexicanos, pero, lo más probable es que ese veredicto tenga poco efecto a largo plazo en el Cártel de Sinaloa o en el esfuerzo más generalizado de detener el narcotráfico, porque este fenómeno, no es el resultado de la ambición de un puñado de campesinos-empresarios que se repartieron el país, y los cárteles hace tiempo que tampoco son, si alguna vez lo fueron, organizaciones dependientes de un solo capo. El narcotráfico es un fenómeno que engloba supervivencia, ascenso social, identidad, millones de dólares, violencia, corrupción e impunidad.

Declararlo culpable no tendrá ningún impacto en la vida y muerte de los mexicanos. El Chapo es solo el símbolo de esa cruel, malsana y compleja realidad que azota con brutalidad a México desde hace décadas, su caída puede mandar un tibio mensaje contra la impunidad. Lo que no hará es mermar ni un ápice el tráfico de drogas hacia el norte, el de armas hacia el sur, las inmensas ganancias que produce un gramo de cocaína y, lo fundamental, nada importante cambiará en el mapa del narcotráfico, las drogas nunca dejaron ni dejaran de moverse por la frontera entre México y Estados Unidos.

Desenlace absolutamente previsible el anunciado en Brooklyn, al final de un juicio. Banquillo de acusados con un solo partícipe de una relación necesariamente bilateral: el monstruo criminal mexicano, nacido en Badiraguato, Sinaloa, como solitario corruptor; la producción y comercio de estupefacientes como vía de un solo sentido, excluyendo a los consumidores estadounidenses y a la correspondiente corrupción de policías, administradores y órganos institucionales del vecino país.

Me queda claro, cuando el supuesto rey cae, hay una nutrida nobleza preparada para sustituirlo. El negocio seguirá adelante. El imperio que Guzmán Loera construyó se mantiene intacto en manos de sus hijos y de su socio Ismael “el Mayo” Zambada García, los consumidores estadounidenses seguirán recibiendo las cargas narcóticas como si cayeran del cielo por milagro, asépticamente, sin pecado concebidas. Estados Unidos continuará con la hipócrita narrativa unidireccional de los malos del sur y, a pesar de la supuesta cuarta transformación y la guardia nacional, la violencia en México no disminuirá. Esto no es una predicción: es algo que ya vivimos, algo parecido al juicio final donde la narrativa indica el apocalipsis.

 

                                                                            Por ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

18 de Febrero de 2019

 

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