UNA VOZ DE ALTURA

ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

  

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NEGOCIACIONES

Recientemente, México y Estados Unidos, llegaron a un acuerdo comercial y no migratorio que desactivó temporalmente la bomba arancelaria a los productos importados de México, que pretendía detonar el soberbio presidente republicano Donald Trump. En círculos diplomáticos dicen que las dos representaciones sortearon la furiosa tormenta, con firmeza, cordura y calma, ganando glorias los que dirigieron las respectivas delegaciones, la  mexicana, encabezada por Marcelo Ebrard, y la estadounidense, al frente de la cual estuvo Mike Pence, vicepresidente de ese país. Gracias a ello, todo indica que México entró a una etapa de reposo, y no a un tiempo de catástrofes como muchos habíamos previsto. Deseamos que el arrogante vecino amanezca siempre de buen humor y no desate a destiempo su furia homofóbica.

De acuerdo con la lambiscona política a la mexicana, Ebrard parece colocarse en un punto muy distinguido, pero sin duda, ha sido Andrés Manuel López Obrador el que sale más beneficiado con este arreglo logrado en la inestable mesa negociadora de Donald Trump, donde México con cierta desventaja, se comprometió a impedir que se repita la avalancha de refugiados centroamericanos, acompañados por haitianos, cubanos, algunos venezolanos y tal vez varios residentes de países africanos, tal como exigió Trump antes de la desigual y dolosa negociación. Así, a marchas forzadas, México envió a 6 mil elementos de la Guardia Nacional a la frontera con Guatemala, y con ello obtuvo el retiro de la amenaza arancelaria de Trump, lo cual resultaba un atropello inimaginable para la economía de México, pero sin duda con complicaciones importantes para la economía del vecino del norte.  

Según comentaristas de aquí y de allá, las presiones de Trump sobre México están ligadas a su carrera electoral contra los demócratas, y serían plenamente coherentes con su afirmación de derecha extrema en la actual situación política de Estados Unidos. Pero afirman también, que allí estaría una de las dificultades mayores en el próximo proceso electoral de ese país. En plena campaña, haber dado marcha atrás a su amenaza de aumento de los aranceles seguramente habría resultado un trago amargo que no podían aceptar grandes contingentes del electorado estadounidense. 

La similitud entre ambos mandatarios está a la vista: Trump, batalla por su reelección en el segundo término del gobierno de Estados Unidos, y López Obrador, batalla no sólo por su permanencia como jefe del Ejecutivo mexicano, a pesar de la renovación del mandato a los tres años de ejercerlo, que él mismo propuso, sino sobre todo por su indeclinable ambición de pasar a la historia como el autor de la cuarta transformación y como un gran gobernante, como Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas, según propias palabras. Por supuesto que muchos mexicanos, al mismo tiempo que expresamos un profundo escepticismo sobre la realización efectiva de estos sueños, señalamos que la medida de excelencia impuesta para su gobierno es demasiado alta si tomamos en cuenta el perfil de sus colaboradores cercanos, y ahora resulta que esa excelencia ha sido tomada muy en serio por la exigencia de la ciudadanía.

El hecho es que con esta negociación con Trump y los esfuerzos por romper la enorme diferencia entre las clases sociales, en seis meses de su gobierno, López Obrador ha conservado el entusiasmo de la mayoría que lo siguió en el momento electoral, aunque del otro lado, buen número de ciudadanos expresan con cierta desconfianza su entusiasmo, ante los múltiples compromisos que sin sustento técnico, el tabasqueño oferta en sus mediáticas conferencias mañaneras o durante sus populares giras presidenciales.

 

                                                                            Por ALEJANDRO DÍAZ CAMACHO

24 de Junio de 2019

 

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